Cuando salgo a la calle, de noche, me golpea el aroma de las flores en primavera: ese dulzor a flores viejas exudando vida, filtrando el aliento del día, como un colador de pecados y existencias. Siento cómo las plantas purifican nuestro entorno ingrato, saturado de respiraciones y problemas.
Pienso que no puede haber ser más noble en la Tierra, y comprendo su furia: expulsar ese olor nauseabundo a exceso de vida mal vivida que no les pertenece.
Me quedo ahí, inmóvil, frente a la reja de entrada, respirando el aliento dulzón de la muerte y la vida —la flor de azahar del vecino, los pitosporos rabiosos—, intentando descifrar su mensaje olfativo.
Pero solo soy una mujer humana, en un mundo sistematizado, y estoy muerta por dentro. Hace miles de generaciones perdí ese lenguaje, perdí la esencia.
Ellos lo saben. No les importa. Ellos existen, y seguirán palpitando silenciosamente en su lenguaje de aromas, liberándonos de pecados que no comprendemos, embriagándonos de noche, cuando exhalan su aliento al atardecer, dominándonos con su CO₂.
Mientras tanto, nosotros seguiremos siendo pequeños, imberbes, jugando a tener un propósito más significativo que vivir.
Somos pequeños. Soy pequeña. Y eso me da una paz inquebrantable.
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