Las horas de invierno pasan más lentas. Es una sensación física, material, como si el frío estirara el tiempo mientras me despierta con su golpe helado en la cara. Es temprano. Muy temprano. Debo levantarme para dejar a mi hija en el colegio, aunque lo único que deseo es quedarme en la cama, abrazada a la oscuridad. No sé cómo explicar la tristeza que me envuelve cada mañana, como si dejar el manto de la noche doliera. Como si el amanecer fuera una pérdida o un error. La luz de los focos en la calle se filtra entre las cortinas, sin ningún respeto, con una violencia silenciosa. Pienso que debería acostumbrarme, hacerme de hábitos, rendirme a esta maquinaria que exige funcionamiento. Entregarme, por fin, y dejar de nadar a contracorriente. Me levanto con dificultad. Siento que el día a día me acecha desde hace tiempo, como si una conciencia ajena decidiera por mí. Como si un guionista escribiera mi historia sin consultarme: indolente, impaciente, ciego, sordo, drogado, incapaz de respetar mi ritmo o mis silencios. Desde que sané, el tiempo es estático. Pero a la vez me atraviesa sin respeto. No corre, no fluye, pero igual me atrapa y me parte. Me resquebraja, me escuece por dentro, como un hielo afilado clavado en la piel. Y ese frío… ese frío no desaparece con nada. Es como un presentimiento al que no quiero mirar de frente. Después de lograr ponerme de pie, salir, enfrentarme a ese mundo escarchado invadido por un sol de utilería, me entrego al quehacer habitual. Pero hoy siento un cansancio mayor.
—La convalecencia del covid puede ser larga —pienso, como si el cuerpo respondiera a un tiempo propio, ajeno al reloj y a la prisa.
Desenrollo las sábanas de polar, me acurruco en la cama y me duermo.
No sé cuánto tiempo cierro los ojos, no sé si sueño, pero al despertar el frío aún no se ha alejado de mí. Me duelen la piel, los huesos, y al tacto estoy helada, pálida, como si la muerte me envolviera en un manto invisible. Cada aliento es un susurro helado que recorre mi cuerpo. Como un eco lejano de algo que no termina de sanar.
—¿Qué te pasa? —pregunta mi madre, con esa voz suya que mezcla reproche y cansancio—. ¿Estás enferma otra vez?
—Tengo frío. Ponme un guatero, por favor —le respondo en un murmullo.
—Pero si hace calor. ¿Para qué quieres guatero?
Levanto la mirada y veo a través de la ventana. El sol brilla entre las ramas secas del damasco y sí, parece que hace calor afuera. Pero afuera está muy, muy lejos de mi alma y de mi cuerpo.
Insisto con una mirada suplicante, y mi madre trae algo para calentarme. Yo me enredo otra vez entre las cobijas y me duermo. O eso creo.
Me despierta el teléfono. Una llamada del colegio.
—Tiene que venir a buscar a su hija. Está… mal.
—¿Qué le pasa?— pregunto, apenas incorporándome.
— Le contamos acá — cortan.
Con el celular aún en la mano, muchas imágenes desfilan en la pantalla de mi mente, una tras otra, en un carrusel frenético, sin lógica ni pausa. Imágenes sueltas. Diapositivas viejas: su cara pálida, un golpe, una caída, fiebre, un accidente, alguien que le grita, que la empuja, que la toca, sangre. Mi corazón se acelera, pero el cuerpo no me responde. Sigo atrapada entre el calor artificial del guatero y el hielo que vuelve a instalarse en mi pecho.
No recuerdo cómo llego al colegio. Ese trayecto no existe. Algo en mí lo borra, lo suprime, como un capítulo de relleno que no importa narrar.
Camino, o tomo una micro, o alguien me lleva. Da lo mismo. Solo recuerdo que en la calle hace calor. Un calor raro, suave, con un sol más amable que el de costumbre para estas fechas de invierno. Pero ese calor a mí no me toca por dentro; ese calor no llega a mis huesos. No me enciende.
Camino desfasada, como si todos a mi alrededor estuvieran acelerados y yo en cámara lenta, como si mi cuerpo flotara bajo el agua.
Alma está entera y, aparentemente, bien. Eso me da una mínima sensación de alivio. El psicólogo del colegio me hace pasar a una sala pequeña, modesta, helada. En la sala el mobiliario son una mesa, una silla y paredes asfixiantes. Ahí, sin rodeos, me dice:
—Su hija tiene pensamientos suicidas.
Una electricidad me recorre el cuerpo. Por primera vez en el día, siento algo parecido al calor. Una ira caliente, desesperada, sube desde el estómago y pienso: otra vez.
La náusea sube hirviendo desde mis entrañas y se detiene en mi garganta, ahogo el grito, me obligo a no flaquear. Meses atrás ya habíamos pasado por ésto, y ahora de nuevo… Siento que me estrello a toda velocidad contra una muralla invisible.
El profesional me habla. Lo escucho, sí, pero ya no estoy ahí. Asiento, creo. Mantengo la mirada, pero por dentro estoy hundida en recuerdos que no quiero atesorar: hospitales, camillas, el pitido constante de una máquina, olor a sangre seca, un grito que podría haber sido mío. O de otra persona. O de otra versión de mí que ya no existe.
Las palabras del psicólogo se diluyen. Me llegan desde otro plano, como parte de un sueño molesto. Mi hija. Otra vez. Y yo, tratando de estar entera.
Estos dos últimos meses han estado llenos de muerte: amigos, colegas, mis gatos. Mi cuerpo, al borde. Mi hija, otra vez. Es como si la muerte, o ese guionista maldito, se empecinara en escribir mi historia a fuerza de pérdidas. Una tras otra. Como si el dolor fuera un argumento válido para desarrollar mi personaje.
Cuando la reunión termina, salgo de ahí rápido. Con rabia. Una rabia que no sé explicar. Pero no es con mi hija, a ella la entiendo. A los dieciséis yo también pasé por una depresión oscura y severa. Lo recuerdo con una punzada muda. No es ella el problema. Mi rabia es con la vida, o con ese guionista insolente que no deja de golpear la tecla equivocada. Y es ahí, en medio de esa furia, que por primera vez en el día siento algo de calor en los huesos.
LA LLAMADA
Toño me llama con la voz delgada. No porque llorara — a mi tío Toño nunca lo he visto llorar, ni cuando murió la abuela, ni cuando se pierde en silencio en los recuerdos agrios de las torturas sufridas en el cuartel Borgoño.
Me llama porque mi padre ha muerto. Y eso —según él— es algo que yo debo saber.
Yo llevaba un par de semanas yendo al taller de mi tío Antonio. Un día llegué de improviso, me presenté como su sobrina, y nos reconocimos en la mirada.
—Eres igual a una de tus hermanas mayores —dijo.
A él lo conocí por mi trabajo como fotógrafa, hace ya varios años, pero él no tenía idea de quién era yo. Habíamos estado juntos en el velorio de su madre —mi abuela— hace más de diez años atrás, en ese mismo taller, pero nunca hablamos. Éramos dos desconocidos compartiendo un duelo, cada uno aferrado a su propio silencio.
—Falleció tu papá, Leo —dice, sin adornos.
Yo no le pregunto cómo. Siento que algo dentro de mí se quiebra. Una parte escucha. La otra sale corriendo por la casa, muda, buscando algo que no encuentra.
—¿Cuándo?
—Hace media hora. Estaba en Lampa, en casa de Carola. Parece que fue el corazón.
La palabra corazón me pareció tan blanda. El corazón no muere así, sin más. Alguien le da la orden. O se cansa. O se rinde. Se rinde... eso parece estar más cerca del estilo de mi padre.
Cuelgo sin decir mucho. Mi madre está sentada a mi lado. Me mira con sus ojos grandes, secos y con su habitual falta de tacto murmura:
—Se murió tu papá.
Me quedo perdida mirando por un tiempo indefinido una oquedad negra, profunda y amenazante que las palomas llevan agrandando día a día durante décadas, donde la humedad entra y hace peligrar el cielo de la sala. Recuerdo la última vez que hablé con mi padre: me dijo que le dolía la rodilla, que estaba comiendo menos pan, que a veces soñaba con mi hija.
Hace diez años de eso.
Mi padre hablaba poco y siempre de cosas inútiles. Este año, muy de vez en cuando, me mandaba videos por TikTok sin saludos, sin textos. Solo videos de Cristo, de OVNIS, de cómo atraer la abundancia, o alguna selfie mal sacada y borrosa. Un intento torpe de contacto luego de décadas de silencio.
Consciente de toda esta ausencia e ingratitud de su parte, sin embargo, algo se me quiebra en el pecho y me sube por la garganta. Un llanto viejo, acumulado, tal vez desde mi gestación. Y un aluvión de abandono me cae como latigazos en la cara, en mis ojos, en mi boca y me deja sin aire, me ahoga y lloro, no por lo que pierdo, sino por lo que nunca tuve, por todo lo que nunca fue.
Aún no entiendo las formas de amar de un padre. Nadie ocupó ni llenó su lugar en mi vida así que nadie me las explicó. ¿Cómo se llora con tanta pena a alguien que no se conoce? ¿Cómo se extraña una presencia que fue siempre una ausencia? No sabía que tenía padre, hasta que lo perdí.
Conocí a mi padre a los dieciséis años. Él no sabía que yo existía. Cuando nos vimos por primera vez, se quedó inmóvil, sorprendido, como si el pasado se le viniera de golpe. Me miró fijamente y dijo que era como verse en un espejo. No podía negarme, éramos iguales. Vivía en una casona antigua y derruida en el Barrio Brasil, de esas que alguna vez fueron imponentes, elegantes, pero que ahora apenas se sostenían, llenas de grietas, humedad y voces que venían de otras piezas.
Compartía el lugar con varios inquilinos: hombres callados que parecían cargar con secretos, mujeres con la mirada cansada, niños que lloraban de madrugada.
Muchos eran extranjeros, migrantes peruanos, colombianos, haitianos, gente que había llegado a Santiago con lo justo y vivía en ese limbo sin papeles, sin certezas, casi sin pertenencias. Hablaban bajo, cocinaban con olores distintos, escuchaban música que se colaba por las paredes como un eco de otros países, y parecía que en medio de todo ese sincretismo y desorden existiera un acuerdo tácito entre los cuerpos que compartían techo: sobrevivir.
En ese entonces yo atravesaba un momento muy difícil de mi adolescencia. En mi casa materna todo era amenaza o reproche. Vivía con mi abuelo, que me quería mucho —tal vez más de lo que quiso a sus propios hijos—, pero también con mi abuela, que me miraba como si yo fuera una falla. Su desprecio era mudo, pero evidente. No soportaba que yo no respondiera a sus normas castradoras, a su dictadura matriarcal hecha de silencios, reproches y vigilancias sin pausa. Tenía prohibido ser yo, si eso significaba brillar más que ella.
En mi casa, mi sensibilidad y mis talentos estaban atrapados en las paredes de mi cuerpo, mente y deseos. Entonces el caos cálido del hogar de mi padre se transformó, por unos meses, en un oasis. Un lugar donde nadie me decía cómo caminar, cómo hablar, cómo comportarme. Donde podía arder en creatividad y, de alguna manera, ser libre. Donde nadie me vigilaba o juzgaba, donde todo estaba sucio, revuelto, desordenado y no importaba. Un hogar que no tenía paredes, solo cortinas añosas como separadores de ambientes.
Me daban pan con mantequilla y té, y eso me bastaba. Me dejaban dormir hasta tarde, o dormíamos de día y despertábamos de noche. La rutina se invertía, como si el mundo allá afuera ya no nos perteneciera.
Mi padre usaba una cocina vieja y diminuta, con un solo quemador que funcionaba a medias, el lavaplatos siempre lleno y el suelo pegajoso. Hacíamos panqueques o sopaipillas con mate, porque era fácil, porque nos calentaba el cuerpo.
Con mi hermana Carola nos leíamos nuestros diarios de vida, nos reíamos de cosas sin sentido, de frases mal escritas, de secretos absurdos. Tal vez porque, en medio de todo ese caos, habíamos encontrado un refugio la una en la otra. No sabíamos bien cómo ser hermanas, pero aprendíamos rápido.
Mi padre no hablaba: balbuceaba. A veces era difícil seguirle el hilo. Saltaba de un tema a otro, como si su mente no pudiera quedarse quieta en un solo lugar.
Hablaba de extraterrestres, naves nodrizas, energía cuántica, de la metafísica del universo, de la reencarnación, de religión. La política aparecía de vez en cuando, pero solo de forma tangencial. Ese tema parecía pesarle y decía que no le traía buenos recuerdos.
Yo lo escuchaba en silencio, tratando de entenderlo, pero también empezando a sospechar que algo no estaba bien. Había lagunas en su relato, saltos bruscos, omisiones demasiado marcadas. Sabía que había estado exiliado en Alemania —eso lo decían los pocos que lo conocían—, pero nunca, jamás, habló de su vida allá. Un día simplemente volvió. Sin explicaciones, sin fotos, sin historias. Era como si Europa hubiera sido un paréntesis invisible. Un agujero negro en su biografía. Nadie —ni siquiera su familia— supo realmente qué hizo en ese tiempo. Y él no parecía dispuesto a recordarlo.
Cuando me hablaba, nunca me miraba a los ojos. Evitaba mi mirada con una precisión quirúrgica, dolorosa e inquietante, como temiendo que si nuestros ojos se encontraban, yo pudiera leerle la vergüenza. La vergüenza de no haber estado. De no saber de mí durante todos esos años. De haber sido un padre ausente sin siquiera saber que lo era.
Me celebraron el cumpleaños en agosto con una fiesta sorpresa. Nunca antes me habían celebrado un cumpleaños en casa, y estaba sorprendida, asustada y feliz. Realmente emocionada. No sabía cómo comportarme, y recuerdo ese día como uno de los más felices de mi vida.
Todavía puedo ver las guirnaldas y los globos colgando de las paredes descascaradas y viejas. Esas paredes que habían visto pasar generaciones de personas celebrando cumpleaños durante más de un siglo. Nada en ese espacio era nuevo, era un lugar donde ya había transitado mucha vida, pero para mí, todo —el lugar, la gente, las risas, los olores— era novedoso y bello.
Un día ocurrió un malentendido en la casa donde vivían mi padre y hermana. Algo grave. Nunca supe exactamente qué. Solo recuerdo que llegaron los pacos, que hubo gritos y confusión, y que todos fueron desalojados. Todo se desarmó de golpe, como si esa pequeña burbuja de refugio que habíamos construido en medio del caos hubiera estallado sin previo aviso. Después de eso, no volví a saber de ellos por años. No hubo cartas, ni llamadas, ni pistas. Solo el silencio. Un silencio largo, denso, que me acompañó como una sombra durante toda mi adolescencia. Ahí empezó la segunda desaparición. La primera había sido la de una infancia sin padre, con esa ausencia que se vuelve costra. Ésta, en cambio, fue una herida abierta porque ya lo había tenido —aunque fuera poco, confuso y breve—,y ahora se esfumaba y se derrumbaba como la casona vieja en la que habíamos vivido y construido recuerdos efímeros.
La adolescencia siguió con su fiebre muda, quemando por dentro sin que nadie lo notara y con su marea confusa, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Mi corazón se volvió un baúl de emociones silenciadas. La casa seguía siendo un campo minado. Mi abuela imponía su ley con ese tono seco, sin gritar, pero desde una presencia que infundía un terror silencioso. Mi abuelo se iba apagando en su sillón, escuchando las noticias, comiendo con la boca abierta. Y yo, como tantas otras, me volví una experta en esconderme. Me ocultaba en mis cuadernos, en los dibujos, en los fanzines que armaba a mano con recortes de revistas viejas, en los pasillos del liceo donde nadie me hablaba. En los baños rayaba frases de odio, de ternura, de rabia. A veces escribía el nombre de mi hermana Carola como un conjuro, como si eso pudiera traerla de vuelta. Me convertí en una experta del abandono. No por elección, sino por repetición. A veces me preguntaba si él me había buscado. Si lo intentó. Si alguien le habló de mí. Me lo imaginaba preguntando por mí en alguna plaza, en una feria, entre risas alcohólicas. Pero tal vez no. Tal vez simplemente se le olvidó mi existencia. Cómo olvidó contarnos qué hacía en Alemania. Cómo olvidaba mirar a los ojos.
La adolescencia fue eso: una orfandad con eco. Me dolía el cuerpo de tanta tristeza mal digerida. Y, sin embargo, seguía andando. Iba a tocatas, me teñía el pelo con anilina, me enamoraba de mujeres imposibles y hombres con olor a marihuana. Leía a Bukowski como si me entendiera. Escuchaba a Björk como si pudiera salvarme. Dibujaba, escribía, reía. Y en ese intervalo, aprendí a dejar de esperar.
Volví a saber de mi padre cuando me embaracé. Fue como reabrir una herida antigua con los dedos sucios, pero esta vez no sangró. Celebré mi cumpleaños con una barriga enorme, entre vasos de plástico, torta comprada en la esquina y la extraña sensación de estar volviendo a algo que nunca fue del todo mío.
Mi padre llegó con Carola. También llegaron Cristian y Sara, otros dos hermanos que no conocía. Éramos una especie de mapa roto, una familia de partes sueltas que intentaba armarse en medio de la fiesta. Mi hija, aún dentro de mí, flotaba ajena a todo ese desorden genealógico.
Juan —así le decían todos— estuvo presente los primeros años de vida de Alma. Llegaba con pan a la casa, traía frutas en una bolsa de feria. A veces, cuando él tenía algo de dinero me pasaba diez lucas; otras, preguntaba si yo dormía bien, si la beba lloraba mucho. Se sentaba en el sofá, jugaba con mi hija y me hablaba como si yo supiera cosas que él no. Como si yo hubiera heredado una especie de entereza que a él se le había perdido entre país y país, entre dictadura y exilio.
Pero con los meses empezó a venir menos. No hubo peleas, ni discusiones, ni traiciones explícitas. Solo la costumbre del abandono. El silencio primero fue tibio, después denso, luego permanente. Fue otra pérdida. La segunda. O tal vez la tercera. Una nueva desilusión. Pero esta vez, ya no me quebré. Solo tomé a mi hija en brazos y seguí.
EL VIAJE
El velorio será en una capilla perdida en una calle de Quilicura, al otro extremo de Santiago. Llegar será como atravesar uno o más países distintos, no exagero, ya no reconozco Santiago, hoy con otros ritmos, otros códigos, otras miradas.
No existen muchas formas de llegar al lugar indicado, pero sin dudar elegiré la opción más lenta.
Tomo dos micros con recorridos infinitos. Aun así, cada una llega puntual, sin hacerme esperar. Como si el sistema, por una vez, funcionara, pero en mi contra. Yo quiero evitar la puntualidad y la eficiencia. Necesito que el trayecto sea largo, extenso como una procesión. Tengo mucho que pensar o sentir o procesar. No estoy segura. Solo sé que necesito tiempo. Un tiempo que no sea útil, que no sirva para nada más que para dejarme estar, mirar por la ventana y poner música completando el ritual de ir al encuentro de un muerto que alguna vez fue mi padre. De ir al fondo de la ciudad —y al fondo de mí misma— sin saber si voy a llorar o a quedarme callada o a hablar como lo hago cuando estoy muy nerviosa. Un tiempo para solo estar y mirar la ciudad pasar del otro lado del vidrio, como un montón de fotogramas frenéticos sin sentido.
Hoy el ruido de los motores, el murmullo de la gente, el esmog, tienen un peso distinto y extraño, como si Santiago entero supiera que voy camino al último acto de algo que nunca termina de empezar.
En Vicuña Mackenna con la Alameda tomo la segunda micro, una 315e. Santiago tiene otro color. No es el gris combativo de los días de protesta, ni el rojo encendido del fuego de las barricadas. Es un color lavado, como de ropa usada demasiadas veces, blanqueada una y otra vez para ocultar la verdadera naturaleza de algo.
Plaza de la Dignidad vuelve a ser Plaza Baquedano. O tal vez otra cosa. Una ruina sin nombre. Un hueco simbólico. Ya no quedan rastros de nuestra sangre ni de nuestros gritos en la plaza.
Me siento al lado de la ventana. Elijo el lado del sol, como siempre. Para mirar, para pensar, para no hablar con nadie. Saco los audífonos, pero no pongo música. Quiero escuchar la ciudad. Ver si dice algo. Si me dice algo.
Pero solo escucho el sonido típico de las micros: frenos, bocinas, el vendedor ambulante ofreciendo pastillas de menta o el cargador de celular como si fuera un amuleto. Todo igual. Todo tan distinto. Voy a un velorio. Al de mi padre. Pero más que ir a verlo muerto, siento que voy a comprobar con mis propios ojos que no está, y que no
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